sábado, 13 de octubre del 2007 a las 18:16
Esta pregunta nos la hacemos a diario al contemplar la realidad que nos rodea y de las experiencias desagradables o amargas por las que pasamos. Pero esta pregunta es mucho más profunda de lo que parece, ya que es un cuestionamiento existencial que en el fondo busca una respuesta fundada en la existencia de Dios y su providencia amorosa. Si el hombre se plantea el problema del sentido de su vida y su existencia en este mundo y en estas circunstancias de guerra, odio, rencor, venganza, injusticia y deshonestidad, es porque desea responder de manera definitiva el problema de Dios y su existencia. Hay en el hombre una serie de interrogantes, que hacen que la cuestión de Dios, sea en el fondo una cuestión permanente e ineludible. La pregunta sobre Dios es una interrogante que el hombre llevara siempre en el fondo de su propio corazón y de la que no podrá prescindir sino al precio de callar su propia conciencia para no enfrentarse con ella. Tenemos que partir del hecho de que en el hombre existe una tendencia a la felicidad infinita; la persona tiene en su vida, programas, planes y proyectos que le dan ilusión y le permiten trabajar con interés, pensando que, de lograrlos va encontrar su felicidad. Trabaja por ello y se esfuerza en seguir aquello que es la meta de su vida. Pero experimenta que una vez alcanzadas esas metas, tiene que volver a comenzar siempre de nuevo. Justamente en el momento que alcanza sus propósitos, tiene la experiencia de que esa meta no le llena del todo; ha logrado mucho, si, pero tiene que comenzar de nuevo. Experimenta así la finitud de que todo lo que consigue y sufre por ello una perenne insatisfacción que hace de su vida, una continua tensión sin poder lograr nunca un descanso definitivo, algo o alguien que sea su todo. El hombre siente por eso una sed insaciable de más, que nada puede apagar o saciar, una sed de infinito: es más feliz por lo que desea, que por lo que posee; se da cuenta por tanto que sus sueños son sueños de infinito, pero sus logros son siempre finitos y efímeros. Por ese camino comprueba que a la larga no es feliz: lo tiene todo desde el punto de vista material, pero al precio de haber enterrado los nobles ideales de su juventud. Y la felicidad no se compra. Obsesionado por sus ambiciones y lleno de estrés, comprueba que fracasa muchas veces en el amor; en el fondo se dice que ha renunciado a lo mejor de si mismo, a sus ideales de juventud y confiesa que su vida esta vacía. Pero la felicidad no se puede buscar nunca directamente; solo puede venir como consecuencia de haber entregado lo mejor de nosotros mismos por una causa noble. El hombre esta equivocado respecto a la felicidad: la quiere comprar, y resulta que es consecuencia de dar lo mejor de si mismo por un noble ideal. Como carece de ideales para dar lo mejor de si, se sierra por ello la posibilidad de la felicidad. El problema del joven el día de hoy, es el problema del sentido de la vida, pues no se puede entregar la vida cuando no se sabe lo que es: solo cuando sabemos que venimos del amor y que volvemos a el, venciendo el sufrimiento y la muerte, es cuando podemos dar lo mejor de nosotros mismos con decisión y alegría.